jueves, 12 de noviembre de 2009

Maestra Vida

Maestra obra
“Probablemente lo más anticomercial que se haya hecho jamás en el mundo de la salsa”, pregonó Rubén Blades en el año 1983, cuando lo entrevistaron y le preguntaron sobre el sentido del álbum de salsa más complejo y dramatúrgico que se haya producido en la historia. Así, 'Maestra Vida' es un compendio de situaciones y vivencias que parecen haber sido sacadas de los barrios más populosos y abundantes de América Latina. Un disco hecho con maestría y suprema sobriedad, sin dejar de lado el sabor y las exquisiteces que han hecho del latino la imagen de un tipo despreocupado y bohemio; pero que a su vez recorre los campos más tristes y deprimentes que puede experimentar un habitante de cualquier país subdesarrollado. Una obra de arte, maestra, que recorreremos en las siguientes líneas:

Primera Parte:

Prólogo: se inicia el disco con esta bella canción netamente instrumental, donde se desprenden pétalos de un florecimiento. El inicio de un día aparentemente común y silvestre, tranquilo y despejado, en un barrio cualquiera pero no en cualquier barrio. Un tema que dejó clarísimo el poderío musical que ostenta Blades en su composición, poderío que ha hecho que sea considerado por muchos como el creador más grande de la historia de la salsa, y uno de los más importantes músicos de la línea contemporánea.

Sobre el final de la canción podemos escuchar a los primeros protagonistas, especialmente al narrador de la historia: Quique Quiñones; quien comparte tragos con su hijo Calito Lito, y un tal Rafael da Silva. Ambientada en el año 1975, la historia nos lleva a la casa de Quiñones, quien nos cuenta de la historia de su padre, “Babá” Quiñones. Juntos viajan a un no tan lejano pasado y hacen saber a Rafael sobre sus raíces, donde habitan su padre, Ramiro Da Silva, su abuelo Carmelo Da Silva, y su abuela, la entonces mujer más deseada del barrio, Manuela Peré. Lo que da inicio al siguiente tema del disco.

Manuela: quizás sea la descripción más exacta de la clásica hembra latinoamericana; de cintura pequeñita y de piernas “criminal”. Se inicia la historia con la picardía y alegría que posiblemente falte después.

Carmelo (I): Quique Quiñones describe lo que su padre alguna vez le contara sobre Carmelo da Silva, sastre de oficio, un tipo desinhibido, algo bebedor, bribón de esquina, de gran corazón y sobre todo zalamero conquistador; el más querido del barrio, quien fijaría sus suspiros en Manuela.

Como tú (Carmelo II): en esta canción se inicia oficialmente el coqueteo entre Carmelo y Manuela; el típico cortejo latino, adornado con fino desprecio, pero a la vez con la nítida intención de llamar atenciones. Finalmente, Carmelo decide decirle a Manuela lo que realmente siente, ante algunas risas y atentas miradas de sus amigos del barrio.

Yo soy una mujer: Cumpliendo un antiguo sueño, Anoland Díaz, progenitora de Blades, ofrece su hermosa voz en esta canción, en la que Manuela, con cierta diplomacia, pone sus condiciones para iniciar el romance que la llevaría a la inmortalidad. La frase que habría que recordar: “Juro que hasta la muerte no dejaré de quererte…”.

La fiesta: El segundo tema netamente instrumental de la primera parte. Blades ambienta una típica reunión que celebraría, presumiblemente, el embarazo de Manuela tiempo después. Lo que más resalta de esta canción son los arreglos en los vientos, cortesía del no menos apreciable Willie Colón.

El Nacimiento de Ramiro: es el punto orgásmico de la felicidad en ambas partes. La canción, una obra de arte, describe todos los pasares de un padre de las condiciones de Carmelo, la alegría, preocupación y el “ya qué mierda” que se siente cuando ves pronta la llegada de un esperado hijo y las condiciones económicas no son tan favorables; “como nadie tiene plata, que to’o el barrio sea el padrino”, pregonó Carmelo; una rola llena de sabor, con la que muchos podríamos sentirnos más que identificados.

Déjenme reír (para no llorar): Luego del nacimiento de Ramiro da Silva, la crisis económica no se hizo esperar, y llegaron las malas para la familia Da Silva Peré. Entre campañas políticas y reducción de ingresos, Carmelo expresa lo que todo ciudadano tercermundista querría decir, ya cansado de tanta mentira y miseria junta. Esta canción pone fin a la primera parte de la producción.

Segunda Parte:

Epílogo: La última rola instrumental de la producción, pero que a su vez da inicio a esta, por demás triste y reflexiva, segunda parte. Ya no hay amanecer, ahora se viene el ocaso, y la melodía nos conduce a la voz de Quique Quiñones, quien, ya pasado de tragos, comienza a narrar el desenlace de cada historia iniciada en la primera etapa.

Manuela, después (la doña): como un eco lejano se escucha “Manuela, qué mujer aquella…”, los años han pasado y no en vano. Manuela, la otrora musa del solar de los aburridos, ahora es una anciana pasada de setenta y encorvada por los años, que va de madrugada a la iglesia para rezar por sus seres queridos. Finalmente, llegó al final de su accidentada existencia, viviendo miserias, muchas, pero la peor: tener que lidiar contra el malestar de tener a su único hijo en prisión.

Carmelo, después (el viejo da Silva): el punto orgásmico de la tristeza, capaz de arrancar lágrimas a cualquiera que pueda sentirse en algo identificado, “Carmelo, después” narra la historia desgraciada de quien alguna vez fuera el muchacho más famoso y querido de la barriada; ahora sufriendo por la pérdida de la mujer de su vida, y con el profundo pesar de no saber nada de Ramiro. Murió viendo el anochecer en su sillón, apretando el viejo anillo que su esposa le dejara “y por mucho que trataron, su mano abrir no pudieron…”. Hacia el final de la canción se escucha el pregón “juro que hasta la muerte no dejaré de quererte…”, dándole un final desgarrador, aunque algo esperanzador.

El velorio: Versión fúnebre, acompañada de música lenta pero siempre latina. Explicando sin mayores palabras el sentir del barrio que alguna vez cobijara a Carmelo, sin familiares directos presentes.

El entierro: Hermosa sinfonía que pone en manifiesto, una vez más, la capacidad creativa de Blades, quien esta vez toma el papel de un narrador anónimo, tratando de explicar el por qué de la ausencia de Ramiro en el entierro de su padre. El patrón de la fábrica donde recién había empezado a trabajar le habría negado el permiso para asistir. Llegó cuando todo había culminado, con todos los malestares y culpabilidades que eso pueda implicar. Además sumando el hecho de que tuvo que pagar los gastos de esa escueta ceremonia. La canción termina con los sueños y pesadillas de un hombre que parece cargar en sus espaldas el peso de dos vidas que se desvivieron por él, y a las cuales no supo recompensar.

Maestra Vida: el punto neurálgico y el mensaje central de toda la producción se encierran en esta compleja canción. Alcanzando cierta madurez, Ramiro da Silva, acusado por el barrio entero de ser el culpable de las desgracias de sus padres, da su versión de los hechos. Una vida que siempre le costó vivir, con desgracias y maravillas, con heridas y cuchillos. Un hombre que fue víctima y a la vez victimario, que ahora se lamenta de lo hecho, pero sin dejar de lado su personalidad rebelde que le hace preguntarle al mismo Dios, qué diablos había sucedido. Sus desgarradores gritos, llamando a su padre, resultan más bien potentes gritos de perdón, más aún si es que ellos trataron, mal que bien, de darle todo lo que pudieron en su crianza. Un canto a la vida misma que, luego de escuchar el resto del disco, se trasluce con claridad, dejando ver los verdaderos sentimientos de un personaje de ambiguos matices.

Hay que vivir: Blades guardó este pequeño mensaje para el final; pase lo que pase, hay que vivir. Las cosas vuelven a su orden natural, por mucho que el sufrimiento parezca indicarnos de que no sea así. Si lo vemos desde esa perspectiva, Carmelo y Manuela fallecieron como padres sufridos y adorados, y Ramiro quedó con la carga de conciencia que, en teoría, se merecía, siguiendo en vida, pero con una cruz tal vez muy pesada. Aunque parezca contradictorio, no hay nada mejor que la experiencia para enseñar; más allá de las lecciones que uno pueda aprender en libros, profesores o padres de familia. Ramiro lo tuvo que aprender así, "a la mala", como quizás todos aprendemos lo que al final recordamos.

Maestra Vida es una producción sin precedentes ni sucesores; una verdadera obra maestra de la música que no puede faltar en la discoteca de ningún melómano. Un disco, además, que dejó claro que la labor intelectual de un músico (o político, como Blades) puede mezclarse perfectamente con los ritmos latinos, aunque esto signifique resaltar nuestro lado menos agradable, pero inminentemente real. Y aunque cueste aceptarlo a veces.

lunes, 17 de agosto de 2009

Música y ventas

Una combinación imposible

Hace unos días, dentro de la inmensa alegría por la llegada de Charly García y el beneplácito de volver a recibir a Blades en Octubre, sentí una extraña e inusitada tristeza. Cuando en una radio local escuché con atención el nuevo sencillo de la talentosa pero otrora acertada cantautora colombiana, Shakira. “She Wolf” es el nombre de aquella rarísima canción que poco tiene que ver con lo que recordaba de finales de los años 90. Cuando una, por demás simple, muchachita de largos cabellos negros y blusas rayadas, venía al menos una vez al mes al Perú a promocionar discos y canciones hechos con especial cariño y evidente talento. Cautivadora, cariñosa, empalagosa y hasta tierna, resultaba aquella colombiana, ya desaparecida.

La canción que escuchaba hacía unos días tenía combinaciones de música disco, europeizada por cierto, gallitos excesivos en las partes vocales, y un aullido que se repetía en varios momentos de la melodía, dándole un toque onomatopéyico ordinario y hasta pacharaco. De rato en rato parecía una embobada Shakira, pero yo no quería creerlo. Ok, se metió al mercado gringo. Ok, ninguna de sus canciones en los últimos 5 años me ha llenado el apetito musical. Pero, ¿llegar a ese extremo?, ¿retroceder tantos pasos?, pensé que había algo de inteligencia artística en ella, pero simplemente tiene sólo la comercial. No conforme con escuchar la canción, busqué el video en la Web. Y, ¡OH, sorpresa¡ detecté lo que estaba pasando. Shakira quería aumentar sus de por sí millonarias cuentas bancarias, e hizo un videoclip que parecía haber sido grabado en un excéntrico night club. Aprovechando las medidas que la naturaleza y los mejores cirujanos estéticos le dieron, la colombiana se esmeró en hacer de la cámara la mejor aliada para cometer fechorías pocas veces vistas en una artista latinoamericana (dícese de raíces conservadoras), y realizó una conglomeración de escenas eróticas que por poco transgreden el calificativo de “sugeridas”, de no ser porque no hubo aparición masculina alguna.

La tristeza llegó cuando, al culminar los casi 4 minutos de tortura pseudo musical, pensé en cómo se habría sentido la Shakira esencial que se encuentra dentro de ese contorneado y flexible cuerpo de vedette ficha. Aquella Shakira que decía estar siempre “buscando un poco de amor”, y que lucía sus “pies descalzos” a plena luz del día, sin vergüenza alguna. Aquella Shakira que sólo necesitaba de su voz y una guitarra para llenar un coliseo, mas no dependía de movimientos pélvicos ni otras artimañas propias de una experimentada devoradora de hombres. Entonces entra a tallar la pregunta más primaria que cualquiera se podría hacer: ¿cuándo se jodió Shakira?, para mí, se jodió después de su MTV Unplugged.

Como al principio: Shakira tuvo un debut poco auspicioso con "Magia".

Hasta ese día la colombiana había grabado discos artísticamente ricos, de pronto se le dio la oportunidad más esperada para todo artista que desee expander mercados, un contrato millonario de la MTV, el cual acarrearía un show acústico. El disco del MTV Unplugged contenía canciones de todos los discos grabados por Shakira hasta ese momento, pero entonces llegó la canción “Ojos negros”, y todo se fue a la mierda. Los empresarios musicales gringos más poderosos vieron en Shakira no sólo talento, también vieron curvas, vieron caderas, vieron sensualidad, vieron dinero. Más dinero. Y no hay cosa que venda más en gringolandia que una latina rica que además tenga una gracia adicional, como por ejemplo, cantar o bailar (sino que lo diga nuestra querida J-Lo). Eso vende, y cómo no, los gringos ya están cansados de la carne caucásica, y hastiados de la carne afroamericana, están ávidos de un punto medio, de pieles canela, de ojos marrones y cejas pobladas, bajas estaturas; más un pequeño toque de conservismo. Lo hace más sexy. Entonces Shakira comenzó a vender, y sin el menor reparo sacó a su vitrina “Laundry Service”, con temas grabados tanto en inglés como en español: éxito total. Platita a forro. Pero Shakira, la esencial Shakira, iba despareciendo. Luego asomó “Fijación Oral” y, bueno, mientras en lo comercial la colombiana andaba en la cima de su carrera, en lo musical andaba rozando el fondo de un profundo abismo. Por ahí se coló un chispazo de creatividad musical, combinada con habilidad marketera, y al ritmo de “Hips don’t lie” (con el dolor de Jerry Rivera), Shakira abarrotó los mercados musicales del planeta, llegando a tal punto en el que la canción inauguraría certámenes de seguimiento multitudinario como la final del mundial de Alemania 2006.

Sensualmente irreconocible: La colombiana se olvidó de hacer música, para convertirse en imágen.

Sin embargo, a pesar de ese buen chispazo, la creatividad de Shakira seguía en un desajustado descenso. Y hoy puedo decir varias cosas, primero: que Shakira ya se fue al cuerno. Qué canción más horrorosa, más insípida, más impropia de una autora con conocimientos musicales envidiables (pocas mujeres tocan la guitarra, piano y batería como Shakira). Es decir, qué decepción. La segunda: comprobado, la música y las ventas nunca serán una buena combinación. Podría ser, más bien, una consecución fortuita y gloriosa. El ejemplo más claro podría ser el disco más vendido el la historia del rock argentino, “El amor después del amor”. Fito se hizo millonario con esa producción, y adivinen qué, cada canción la hizo pensando en sus sentimientos más íntimos, casi haciendo un disco para él solo. Y como por arte de magia el disco pegó, y empezó a vender, y vender y vender. Ni el mismo Fito puede creer hasta ahora el éxito que le trajo aquel álbum al cual le puso, comercialmente, tan poca fe. Y tal vez esa sea la clave. Un músico no tiene que olvidarse que su labor es el arte y no tanto las ventas. Las ventas son sólo una consecuencia, se puede dar, como no se puede dar. Existen en el mundo entero discos hermosos, con canciones geniales y maravillosas, y cuando vemos sus estadísticas comerciales nos dan ganas de vomitar, porque sólo fueron comprados por los familiares del artista. Sin embargo el músico cumplió con su arte y eso le tendría que haber valido una sonrisa. Shakira parece haber olvidado el motivo de su existencia; el dinero se puede ir más rápido que la luz, pero los buenos discos son inmortales.

Y además nunca dejarán de venderse.

PD. Como dato anecdótico y comprobando lo dicho líneas arriba, después de “El amor después del amor” a Fito (como a todo ser humano) le gustó la plata, e hizo “Circo Beat”, un disco casi igual de rico, musicalmente hablando, pero hecho con intenciones un poco más materialistas, la producción fue un desastre en ventas, y a la fuerza, Fito volvió a ser el de antes. Esperemos que Shakira regrese, un ex fan limeño la seguirá esperando.

domingo, 28 de junio de 2009

La Lengua Popular

Un disco apasionado y apasionante

Los discos hechos de “sangre” se reconocen al instante. La energía desplegada, el poder de las canciones, y la fuerza de sus letras, son los elementos que pueden hacer de una producción algo realmente significativo. Empiezo este nuevo blog con “La Lengua Popular” porque quizás fue, para mí, el disco revelación dentro de toda la sarta de discos que he estado escuchando en los últimos años. Andrés Calamaro nunca estuvo en el pedestal de mis favoritos, pero este disco me llenó los oídos de belleza y pureza artística, y en las siguientes líneas veremos el porqué.

“Los chicos”; Calamaro no pudo elegir mejor canción para comenzar este disco. Es pura fuerza, pura interpretación. La potencia, no sólo de la melodía, sino también de los coros, simplemente hace brincar a cualquiera. El mensaje de la canción es básicamente: “si me muero espero dejarles algo”, seguramente dejará más de lo que cree.

En algún post de mi primer blog confesé que la canción que más me impactó en el concierto del año pasado en Lima, fue “Carnaval de Brasil”. Al escucharla detenidamente en el disco me convencí aún más de que quizás esté entre los 10 mejores temas de toda la amplia historia musical de Calamaro. La pista reza versos realmente hermosos sobre la extraña pero siempre interesante relación entre un compositor y la música; narrada de manera aún más especial desde la óptica de un músico tan excéntrico como Andrés. Quizás quiso plantear que crear música no es siempre tan alegre como un carnaval de Río, sino que a veces el sufrimiento mismo se convierte en la musa que esperabas (“tristeza nao tein fim”). La melodía puede sonar algo pop balada, mas no deja de encerrar cierta melancolía sin dejar de proyectar la potencia que caracteriza al disco. Definitivamente un gran tema.

Con “Cinco minutos más (minibar)”, el autor argentino fusiona ritmos no usuales en su carrera, como el reggae y la cumbia, haciendo una amalgama realmente formidable. La canción es, en sí, una serie de confesiones, donde podemos rescatar versos como “tengo cada insensatez, y me puedo equivocar, pero no me equivoqué contigo”; tratando de interpretar la idea del Minibar, lo asocio con la mente del cantante, la cual estará abierta ante cualquier opinión o circunstancia, mas su corazón está cerrado, sólo para él y la persona a la que se está refiriendo en sus letras. Una forma algo ambivalente de decir que ahora es fiel. Aunque no es lo más destacado del disco, la canción es pegajosa y no desafina en las intenciones generales de la producción.

“Soy Tuyo”, es tal vez uno de los temas más románticos de la historia del Rock Argentino. Después de “Pronta entrega por favor” cortesía del desaparecido Federico Moura (grupo Virus), no he escuchado un tema que me altere tanto las hormonas como esta gran canción. Calamaro narra poéticamente las cosas que le gustan hacer, íntimamente, con esa persona anónima a la que se refiere en sus letras, recatándose versos como “besar tu flor inmediata, besarte atrás y adelante”, una forma genial de decir que le encanta hacerle el sexo oral a esa persona, o “me gusta demasiado ensuciarte”, vuelen un poco con su imaginación, que este no es un blog pornográfico; pero qué temazo, más sutil y enfático no pudo haber sido el gran Andrelo.

De pronto llega “Mi Gin Tonic”, como para animar un ambiente que se tornaba erótico y hasta algo funesto (debo decir que un músico también debe de saber el orden de sus canciones, ya que influye en el desarrollo del disco, Calamaro lo sabe y lo sabe bien). Habría que ser amigo de Andrés para saber exactamente a qué se refieren todos sus temas, a nosotros, los hinchas, sólo nos queda interpretar según nuestras sensaciones y percepciones (tan subjetivas como las de cualquiera, por cierto). “Mi Gin Tonic” me suena a esas típicas canciones sobre experiencias juveniles que los músicos ochenteros tan bien saben narrar; “Hay días para quedarse a mirar, hay días en que hay poco para ver”… me suena a sanmarquinos en un “Night club”, me suena a jóvenes curiosos y ansiosos. “Hay un deseo que pido siempre que pasa un tren” me suena a esperanza, y en resumen, todo me suena a experiencia. Melódicamente la canción es sensacional, uno de los picos más altos del disco.

Y como si faltaran más ritmos Andrés nos regala “La espuma de las orillas”, una canción de corte romántico empedernido y rogón, como las típicas cumbias peruanas, donde se habla de un amor incondicional a pesar de las barrabasadas que la otra personita podría estar haciendo. Sin embargo el toque de Calamaro está en su facilidad de hacer que cada canción parezca un himno digno de corearse como el más recurrente cántico de hincha futbolístico; esto, sumado al contagioso ritmo, hace de “La espuma de las orillas” un tema como para ponerlo en cualquier discoteca y ver qué pasa.

“Cada una de tus cosas” es otro tema de corte romántico, pero con un retoque de melancolía genial, el cual es perfectamente acompañado de vientos y de un piano rezando la clásica tocada de la película “Romeo y Julieta” de Zeffirelli (1968). Un gran tema con líricas bien dirigidas al objetivo de halagar a aquel amor del que se es parte.

Calamaro vuelve a apelar a su capacidad para cambiar ritmos drásticamente durante el disco, y nos regala “Comedor Piquetero”; la historia de un turista que llegó de casualidad a un comedor (popular) piquetero, regalando sus extrañas comidas y demás souvenirs a los trabajadores que ahí almorzaban. Al tratar de buscar el mensaje central de la canción me encontré con la idea del “ejemplo”, quizás todos algún día deberíamos hacerlas de turista distraído y acompañar a los trabajadores de un comedor popular; y esto quedó más que claro con su pregón “que Dios bendice a los humildes y a los marginales”. Melódicamente el reggae vuelve a predominar en este interesante tema.

Llegó el humor al disco y esa facilidad de Calamaro para burlarse de sí mismo, y empiezan a sonar las guitarras de “Sexy & Barrigón”; canción con la que algunos NOS hemos sentido más que identificados: “aprecio el desprecio y la confusión, la procesión no siempre va por fuera”; quizás los que gozamos del beneficio y los maleficios del sobrepeso sabemos más que nadie que de vez en cuando somos subestimados (sobre todo en la dura competencia por conseguir compañeras sentimentales – obviamente de índole superficial), aunque suene a algo negativo, si se sabe usar bien la herramienta de la inteligencia, la subestima se puede volver una poderosa arma de ataque. Andrés, por sobre todas las cosas, apela más a su cerebro, y confiesa reírse de quienes lo marcan con un aspa por sus defectos físicos. El ritmo de la pista es quizás el más rocanrolero del disco, y dentro de sus dotes de humor insano deja entrever ciertas reflexiones para buenos entendedores.

Hace unas semanas conversaba con mi gran amigo y compañero musical, Pablo Madrid, confeso, anverso y reverso hincha de Calamaro, y la frase que ambos expresamos casi al unísono fue “qué romántico puede ser Andrelo cuando se lo propone”… qué razón tenemos, y hasta nos quedamos cortos. Con “De orgullo y de miedo” Calamaro expresa una serie de sentimientos encontrados que rondan por su vida amorosa, acompañada de un par de confesiones que, de seguro, su pareja no habrá tomado tan bien, pero que con el pasar de la canción se disipan con total naturalidad “que brille el sol en el cielo, que brille el cielo en el río, y la luz en tu ventana adonde estamos dormidos”, un verdadero maestro de la conquista, y más que seguro, de la reconquista.

“La mitad del amor” es una rola cuyo ritmo parece no ser tan serio ni reflexivo, pero quizás sea el tema que, junto con "Mi Cobain (Superjoint)", encierra más mensajes dentro del disco. Cuentan por ahí que Calamaro dejó la bebida (no sé si también las drogas) y que muchos no le creían. En alusión a los rumores que siempre circundan en la farándula argentina Andrés manda un mensaje irónico y elegante: “voy a tomarme hasta el pelo, mi pelo, por favor, con mucho hielo”… y quizás lo más importante es que al dejar la bebida el autor encontró la mitad del amor, hablamos del amor propio, el 50% de una relación amorosa de éxito, el otro 50% sería el amor propio de la pareja: “dicen que para reír no hace falta mirar atrás, y este vez creo que tienen razón”. La pregunta es, ¿cuánto tiempo durará (o habrá durado) este gran “subidón” del artista?, imagino que sólo él tiene la respuesta, y en alguna otra canción nos la hará conocer.



A ver, como lo dije líneas atrás, la poética de Calamaro no es tan fácil de interpretar; sobre todo cuando compone una de esas canciones en las que habla de infinidad de cosas, simbolizándolas con nombres conocidos, o cambiando palabras de un idioma a otro. Calamaro cierra el disco con “Mi Cobain (Superjoint)” donde disfrutamos de un ritmo que no nos aleja de lo complicado de sus letras (como tan bien lo hace Cerati, o ¿acaso las letras de Soda nos hacen pensar o simplemente saltamos y las coreamos?), y eso, valga la redundancia, nos complica más las cosas. En general se trata de una crítica a la realidad argentina, esa que todos vemos tan bien, pero de la que siempre se quejan los habitantes de aquel variopinto país: Llega caliente el verso “y la lengua popular se va a mojar”, haciendo alusión a la lengua de los Rolling Stones, la cual se vería afectada aquella magra realidad que mencionaba. Al tratar de averiguar qué diantres es “Superjoint” me di con la sorpresa de que no se trata de un nombre existente, al menos en Sudamérica, sino de la simple traducción de “porro” al español, desde el inglés “joint”. Desde ahí podemos suponer que el músico enlaza un puente entre el desaparecido Kurt Cobain y la marihuana: “mi Cobain no va a sufrir por los demás”, no sé si Andrés sienta estima por Cobain, lo que tal vez quiera decir es que existe un Kurt Cobain en cada uno de nosotros (sí, aquel sufrido, reprimido pero brillantemente genial músico), y él también tiene el suyo, el cual también sufre con cada cosa que se dice o aparece en la realidad hipotética a la que se está refiriendo. Así mismo el verso “los leones parecen olvidarse que nunca fueron vegetarianos”, me suena a incursión política, a: zapatero a su zapato. En resumen, compara sus pasiones y agrados con la contraparte, la mierda que puede provenir de un gobierno incompetente o de bocas malhabladas; siendo la parte que más me gusta, la final: “la importancia del agua es vital, sobra tu corte comercial”, sin lugar a dudas estamos frente a un grande de la música, pero también frente a un revolucionario intelectual.

En pocas palabras, “La Lengua Popular” es un disco completo, con todos los elementos para convertirse en un “Best Seller” del Rock Latinoamericano. 100% recomendable, y digno de estar en la colección de cualquier melómano empedernido como un servidor.

Hasta que la música nos una.